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martes, 27 de diciembre de 2011

Un Cua Cua

Cuando estás fuera del Perú, hasta la cosa más insignificante te hace pensar en él. Aún está fresco en mi memoria el Cua Cua que me comí 3 años después de salir de Perú, cuando vivía en Venezuela. Todavía recuerdo la satisfacción de abrir la refrigeradora y ver entre el humo helado que se desperramaba por mi cara, la envoltura marrón con el pato amarillo sonriendo feliz y congelado.
Creo que durmió una semana guardado en su habitación glaciar, hasta que no pude más y lo abrí. Mordí el Cua Cua helado y cada pequeño cuadradito de wáfer se me pegaba en la lengua y dejaba salir todo el sabor a chocolate que hacía trabajar a mil mi memoria y recordar a mi tierrita.
Quince años después, estoy aquí, paso por una bodega o por un súper y veo el mismo pato amarillo sonriendo, ya no tiene la gorra de costado y su atuendo es más moderno. Ya no es el mismo de antes pero sigue siendo el mismo de siempre.
Les dejo un antes y un después del Cua Cua

martes, 23 de noviembre de 2010

Una persona, un país

Quizá ya no recuerden el post pasado porque lo escrìbí hace 3 meses y dije que es la antesala de lo que escrbiría en este. Así que ya no la hago más larga.
Uno de los lugares que más disfruté de mi corta, pero significativa, estadía en Venezuela fue Maracay. No solo porque, a diferencia de Maracaibo, el calor no era infernal, sino también por la gente que conocí. Todas son personas extraordinarias, desde mis vecinos del edificio Manire en la urbanización San Jacinto, hasta mis amigos del colegio La Calicantina, donde pasé dos extraordinarios años.
En uno de esos días rutinarios, cuando lo que menos imaginas es recibir una sorpresa - y vaya que fue la mejor del año- me llegó un mensaje de un amigo de Venezuela, de Maracay y de la Calicantina. En ese mensaje me decía que por cosas del destino (o de no sé quién) vendría al Perú. Días después aterrizó en el Jorge Chávez y no solo me trajo su magnífica presencia sino toda una avalancha de recuerdos y emociones que despiertan en mí ese país.
Me pareció increíble descubrir como una persona a la que dejaste de ver hace quince años, puede conservar intacta la misma sonrisa, los mismos gestos y una forma de ser extraordinaria.
Si soy completamente sincera, a mí no me entusiasma inflar el pecho por la comida peruana, pero debo aceptar que verlo disfrutar un plato de anticuchos (¡Gracias Tío Mario!) y verlo tomar un pisco sour, me llenó de orgullo.

No sé si las personas se pueden dar cuenta lo que significan para otras. En ese momento no era solo un reencuentro con un amigo, era un reencuentro con todo un país, que fue y sigue siendo mi segunda casita y fue bonito agradecerlo, aunque sea un poquito, con pisco y anticucho.

Esta canción la escuchaba bastante en Venezuela.


viernes, 23 de octubre de 2009

Él estaba en todo, ya no lo está más. Maeterlinck (Lucho Hernández)

Este es el extracto de una carta que comencé a escribir a Omar Dante casi tres años después de su muerte, hoy cerca al cuarto aniversario de su infinito viaje a Venus (como se titulaba su primer poemario), comparto este texto tal y como quedó: incompleto.

Omar, tal vez así quede cuando te fuiste, por eso debo completar el capítulo agregándole solo la última línea que la escribí hoy. Espero que te guste.


Después de tanto tiempo me animo a escribir algo. Y si me demoré fue porque tenía temor a enfrentar el hecho de que, esta vez, ya no estás para mostrártelo y preguntarte qué te parece. Estas líneas son para contarte cómo he estado desde la última vez que nos vimos (hace tres años).

Quiero evitar toda tristeza en esta carta, a pesar de que me está destilando por los poros, así que haré mi mejor esfuerzo.


Resulta que me quedé con la sensación de “¿y ahora que chucha hago?”, sensación que no me ha abandonado completamente, pero que poco a poco fue disipándose y convirtiéndose en una fuerza que venía desde no sé donde para no dejarme morir, aunque que ganas no me faltaron.

Entonces, empujada por ese punche sobrenatural, comencé a tratar de ordenar mi vida. Terminé el ciclo que a duras penas estaba llevando. Llegó Navidad y Año Nuevo, juro que hice todo lo posible para pasarla tan bien como fuera posible. Así que no renuncié a engullir el pavo y la ensalada rusa navideña. Un agradecimiento especial al Sporting Cristal porque con su sufrido campeonato colaboró con mi proyecto de tener una feliz navidad.

El año nuevo fue casi indescriptible después de la cena, porque el champagne, el pisco y la cerveza no me dejaron recordar que pasó esa noche. Solo sé que desperté junto a Dariana y Judith, y cómo ya te lo estás imaginando fuimos al Sara Sara a darle curso al cevichito corta resaca.

Loa siguiente año pasó si mayores sorpresas, se podría decir que terminé la universidad, aunque tengo pendiente un par de jurados Adhoc que cuando me anime, los sacaré adelante...





A veces me he preguntado, recordando al Luchito Hernández que tanto te gustaba: “Y si volvieras, qué habría yo de decirte” (Charlie
Melnick)