viernes, 11 de noviembre de 2011

Mi sentido del humor nunca duerme

En unos días (13 de noviembre) se cumplen 6 años de la muerte de Omar Dante. Esta fecha siempre la recuerdo no para sufrir -de hecho cada vez que lo traigo a la mente es por algo que me hace sonreír- la recuerdo para saber cómo estoy desde que comenzó su infinito viaje a Venus. Hasta en los peores momentos de su enfermedad ambos supimos sonreír y eso es lo mejor que me ha dejado.
Debo admitir que algo necesario en mi vida es el sentido del humor, venga de donde venga, de un chiste, de una viñeta, de una película, de una persona, de donde sea. Las personas que están cerca a mí saben que mi sentido del humor nunca duerme y espero que siga despierto siempre hasta cuando diga adiós.
Les dejo esta payasada de Le Luthiers

lunes, 13 de junio de 2011

El único perro que me ladra



Acabo de enterarme del estado de salud de Chilcano, un canino muy especial porque llegó en un momento difícil de la vida de su dueño y porque con su simple estilo de vida supo darle otra visión del mundo y de los problemas. Fui testigo de ese feliz encuentro y ahora soy testigo de la dura decisiòn que el dueño de Chilcano debe tomar con respecto a su futuro.


Tengo un perro (Yaco) que me acompaña hace tres años y compartir la vida con él es descubrir otra forma de amistad y fidelidad que muchas veces quisieras ver en las personas. Hace poco Yaco sufrió su segunda convulsiòn de este año lo que nos confirmó el diagnóstico de epilepsia. Estará bien mientras no le den tres convulsiones al mes, pero no quiero pensar en eso solo quiero seguir disfrutando su compañìa desinteresada, solo quiero que dure lo que dure y que siga siendo el perro que me ladre.









domingo, 22 de mayo de 2011

Foreveralone, las pelotas

Los que me conocen (o creen que me conocen) saben que, así no más, no hablo sobre mi vida. Para mí es muy difícil decir lo que siento (no lo que pienso), pues tengo la idea -equivocada o no- que mis amigos ya tienen suficiente con sus rollos como para aventarles los míos. Así que aprovecharé este insólito arranque de desahogo, para escupir algunas cosillas que face to face no te las suelto ni a patadas.
Hace unas semanas -y entre broma y broma- me puse una etiqueta graciosa, creada para un solitario candidato presidencial: foreveralone. Lo curioso fue que de tanto repetirla, me empecé a creer el cuento y la sensación no fue muy agradable. La espina sobre si soy una foreveralone o estoy en camino a serlo comenzó a hincar.
En el 2005 murió Omar, la única persona con la que tuve una relación sentimental plena; han pasado casi 6 años desde que dije adios y durante este tiempo no he vuelto a toparme, tener o encontrar, una persona con la que me sienta tan bien como me sentí con él. En algún momento me pregunté si estaba cometiendo el error de esperar a alguien que sea como mi finado enamorado, pero concluí que no; que simplemente quería una relación donde no me importe entregar todo -en cristiano ser pisada (porque lo soy)-, mientras sienta que vale la pena.
Las personas (no especulen con el número, por favor) con las que me he topado durante este tiempo, no han sido mala gente, pero con ninguno me he sentido feliz y creo que eso sucedió, sobre todo, porque no supe sentirme feliz conmigo misma.
Conversando con una buena amiga, me dijo: no eres foreveralone, eso déjalo para Castañeda. Creo que le haré caso y no le arrebataré el título al solo y triste Castañuelas.





Para terminar les dejo esta salsita bien foreveralone:

viernes, 18 de marzo de 2011

Estamos desratizando (y desahuevando)

Absolutamente sorprendida por mi capacidad para ilusionarme sin motivo, ver fantasmas donde no ha muerto nadie, creerme el cuentazo cuando solo me han metido un triste floro y ahogarme en un charquito; me siento frente a la PC, para hacerle caso al gatuno amigo que me dijo: Escribe. Y eso haré, en un intento por quitarme, un poco, la sorpresa.

Hace unos días decidí entrar en terapia de Desahuevina de 500 mg, por varios motivos que no voy a detallar en este post porque me da demasiado roche con mis muchos o pocos lectores; ya las personas a las que, de milagro, les he soltado a cuentagotas mis paltas (y camotes), sabrán entender a qué motivos me refiero. El asunto es que estoy tratando de dejarme de cojudeces y parar las antenas para disfrutar un poquito más los pequeños placeres del día. Desde el rico cafecito de Carabaya que me tomo casi todas las mañanas y tardes; hasta las movidas de cola que me proporciona el único perro que me ladra, Yaco.

El lunes mi mamita chapó su avión hacia Cartagena y, como suelo hacer cada vez que se va lejos de mí, la extraño horrores. En una corta conversación que tuvimos hoy por Messenger, me lanzó una bala que ha contribuido también a mi terapia: "nos ocupamos tanto en justificarnos, que nos olvidamos de dar afecto". Esto no solo aplica para las personas sino para cualquier situación. Es lo que he estado haciendo últimamente, gastando mis baterías en reales cojudeces y olvidándome de las cosas y personas importantes.

Hoy escuchaba un par de canciones que son la síntesis de lo que es y será mi terapia. Y que dure lo que dure:

"Te llevo para que me lleves" de Gustavo Cerati. Llevar para que te lleven. No aceptes nada menos que eso.

"Whatever" de Oasis. La palabra favorita de mi amiga Carlita. Eres libre para hacer lo que sea (otra cosa es que no quieras verlo)









martes, 8 de febrero de 2011

Causitas de atún y pollo

Algo tardío mi post, pero no puedo dejar de hablar de lo bueno que me trajo el 2010; aunque ya esté bien entradito febrero y su calor infernal. De hecho el 2010 lo hubiera sido considerado -gracias a cosas que en realidad no valen la pena- como un mal año para mí porque su inicio no fue muy auspicioso, o mejor dicho, porque dejé que me trataran como una zapatilla vieja.

Felizmente ese año lo salvó la amistad y todas las personas extremadamente paja que conocí, con las que me reencontré, las que redescubrí, las que me prestaron su hombro para llorar, con las que bicicleteé, con las que viajé, con las que canté.

También la gente que me desahuevó sin anestesia, y quienes me ayudaron a tragarme mis miedos con pan y mantequilla. Tampoco me olvido de la gente que me hizo reír hasta el piso, como si fueran los PAYASOS de mi fiesta y los amigos que me dieron regalitos inesperados y esperados. Los que se dejaron alucinar (que no es lo mismo que burlar) por mí y los que me alucinaron.

No vale la pena poner nombres, ellos y ellas saben quiénes son y que mi cariño por ellos es infinito. Gracias por existir en el 2010 y quédense en el 2011.

Porque sabemos agradecer, a pesar de lo vivido...Les dejo esta canción de Búnbury


martes, 23 de noviembre de 2010

Una persona, un país

Quizá ya no recuerden el post pasado porque lo escrìbí hace 3 meses y dije que es la antesala de lo que escrbiría en este. Así que ya no la hago más larga.
Uno de los lugares que más disfruté de mi corta, pero significativa, estadía en Venezuela fue Maracay. No solo porque, a diferencia de Maracaibo, el calor no era infernal, sino también por la gente que conocí. Todas son personas extraordinarias, desde mis vecinos del edificio Manire en la urbanización San Jacinto, hasta mis amigos del colegio La Calicantina, donde pasé dos extraordinarios años.
En uno de esos días rutinarios, cuando lo que menos imaginas es recibir una sorpresa - y vaya que fue la mejor del año- me llegó un mensaje de un amigo de Venezuela, de Maracay y de la Calicantina. En ese mensaje me decía que por cosas del destino (o de no sé quién) vendría al Perú. Días después aterrizó en el Jorge Chávez y no solo me trajo su magnífica presencia sino toda una avalancha de recuerdos y emociones que despiertan en mí ese país.
Me pareció increíble descubrir como una persona a la que dejaste de ver hace quince años, puede conservar intacta la misma sonrisa, los mismos gestos y una forma de ser extraordinaria.
Si soy completamente sincera, a mí no me entusiasma inflar el pecho por la comida peruana, pero debo aceptar que verlo disfrutar un plato de anticuchos (¡Gracias Tío Mario!) y verlo tomar un pisco sour, me llenó de orgullo.

No sé si las personas se pueden dar cuenta lo que significan para otras. En ese momento no era solo un reencuentro con un amigo, era un reencuentro con todo un país, que fue y sigue siendo mi segunda casita y fue bonito agradecerlo, aunque sea un poquito, con pisco y anticucho.

Esta canción la escuchaba bastante en Venezuela.


miércoles, 25 de agosto de 2010

Sin barrio

No es muy agradable para mí hacer esto, pero servirá para que se comprenda mejor el pròximo post que escribiré. El texto que sigue lo hice en mis (no muy lejanos) 22 años y explica todas las idas y venidas antes de afincarme en mi actual barrio: Surquillo.

Algunas veces envidio un poco a los que tienen barrio. Cuando digo esto, me refiero a las personas que nacieron y vivieron muchos años en un mismo lugar. Conocen perfectamente a sus vecinos, con virtudes y defectos, sus calles y sus olores. Nunca pude tener un barrio. Por razones que no comprendo pasé mucho tiempo mudándome.

La primera, en la lista de mudanzas que hice, me la tuvieron que contar. Yo era muy pequeña y los recuerdos de mi primer hogar en Monterrico son muy vagos. Solo retazos de imágenes mezclados con rostros sin nombre. Una trocha de tierra era lo que hoy llaman la avenida Caminos del Inca.

Las casas eran iguales, de un piso y con un diseño simple, como cajas de fósforo ordenadas en la bodega para ser vendidas. Ahí viví desde que nací, hasta los cuatro años. Después mi familia que está conformada por padre, madre y hermana, decidió romper con mi primera oportunidad de tener un lugar donde asentarme.

La casa de los abuelos maternos nos recibió. Desde aquí mis recuerdos son más claros. A pesar de vivir en el mismo distrito, Próceres -que era el nombre del nuevo barrio- era diferente de Monterrico. Aquí las casas ya habían roto la monotonía del primer piso, y se habían estirado hasta alcanzar el segundo y en algunos casos el tercero.

La Panamericana Sur serpenteaba como una culebra gris a pocos pasos de la casa. La leche ya no la dejaba en la puerta el lechero. Había que llevar el balde y caminar muchas cuadras de tierra hasta un establo cercano donde un señor arrugado jalaba como chicles las tetas rosadas de la vaca más gorda.

Era el año 87 y las noches marcadas por apagones y señales luminosas en los cerros de San Juan de Miraflores, donde brillaba la hoz y el martillo celebrando la caída de alguna torre, eran fascinantes para mí. Mientras los senderistas sembraban terror en Lima, hermana y yo salíamos de la casa para jugar en la oscuridad forzada de la calle.

Ya me estaba acostumbrando a la vida en Próceres, cuando padre y madre tomaron la decisión de cambiar nuevamente de casa, y esta vez no sería otro distrito, sería otro país. Así terminé en Venezuela.

Ya había cumplido ocho años y madre había viajado el año anterior para preparar nuestra llegada, extrañaba mucho a madre, por eso la idea de irnos me entusiasmaba. Pensaba que lo más difícil de hacer el viaje era elegir qué me llevaría, qué dejaría de recuerdo y a quién.

No tenía muchos juguetes y unos eran más queridos que otros, así que comencé la separación de cada objeto que me llevaría al nuevo hogar y de los que se quedarían a compartir con otro dueño horas de diversión. El viaje iba a ser terrestre, así que después de depurar mis juguetes lo único que llevé fue un par de peluches.

Llegó el día de viajar y ahí experimenté realmente la parte más difícil de mi nueva mudanza, separarme de mi familia. Primos, tíos, abuelos, todos éramos una tormenta de lágrimas en la agencia de TEPSA. Así comenzó la mudanza más larga, duró exactamente cuatro días de viaje por tierra.

Durante esos días cruzamos Ecuador y Colombia cambiando continuamente de ómnibus, cruzando cada frontera lo más silenciosamente posible, porque si bien teníamos pasaporte, le faltaba ese sello azul que muchos ansían para poder abandonar el Perú, la visa. Pero esas preocupaciones quedaban para padre, pues hermana y yo, nos divertimos todo lo que pudimos en cada país que pisamos.

Llegamos a Venezuela un 12 de diciembre del 1991, para ser más exacta a la ciudad de Maracaibo, la fortaleza petrolera del país. No fue difícil instalarnos pues con la ayuda de dos tíos que ya vivían ahí mucho tiempo, madre pudo alquilar un departamento cómodo.

Raúl Leoni, era el nuevo lugar de reposo. El cambio de ambiente no fue muy fuerte para mí. Lo que más me inquietaba era el cambio de escuela. Llegué a cursar tercero de primaria en un colegio llamado, Nuestra Señora de Guadalupe, y al contrario de lo que esperaba, mis compañeros me recibieron muy bien.


Lo que pensé sería una barrera de comunicación con mis nuevos amigos venezolanos, se convirtió en un imán que atrajo la atención de ellos. El hecho de ser extranjera me benefició, porque en las primeras dos semanas ya tenía muchos amigos.

Al año de llegar a Venezuela, padre consiguió trabajo en una ciudad ubicada a doce horas de Maracaibo y a dos de Caracas, la capital. Compró un carro de segunda y se mudó a Maracay, vivía ahí de lunes a viernes, los fines de semana subía al viejo Ford y conducía doce horas hasta cruzar los ocho kilómetros del puente sobre el lago de Maracaibo, en la otra orilla lo esperábamos nosotras.

Padre pasó un año yendo y viniendo, hasta que el dinero fue suficiente para pensar en la tercera mudanza. Volvimos a guardar nuestras chivas para desempacarlas en Maracay.

Esta ciudad difería en muchas cosas de Maracaibo, donde el aire acondicionado en cada tienda, casa u oficina, no era un lujo sino una necesidad, para aplacar los cuarenta grados en un día normal de sol. El clima no dejaba de ser cálido pero se podía salir a la calle sin un sombrero en la cabeza.

La ciudad era pequeña, tanto que podías ir casi a cualquier lugar caminando. Y la gente no hablaba con esa mezcla de dejo colombiano-argentino que caracteriza a los “maracuchos” y que para ese momento ya había invadido mi manera de hablar.

Maracay fue el rincón venezolano donde me arraigué más. Incluso pensé que por fin habíamos encontrado el lugar ideal para vivir, que ya no habría más mudanzas, más maletas hechas y deshechas; finalmente tendría un barrio, lejos de mi país, pero en un sitio que conocería como la palma de mi mano.

Lo que pasó después fue que la crisis venezolana nos mandó a mudar de vuelta al Perú. Los abuelos maternos ya no vivían en Lima, la nostalgia los llevó de regreso a Piura de donde salieron cuando eran jóvenes. No nos quedó otro recurso que buscar cobijo al otro extremo del árbol genealógico.

Esta vez los abuelos paternos nos abrieron las puertas de su casa en San Juan de Lurigancho por ocho años. Ocho años en los que padre y madre tuvieron que reconstruir nuestra vida pues regresamos para empezar de cero.
Ahora tengo veintidós años vivó con padre, madre y hermana en un lugar propio en el distrito de Surquillo. Recuerdo con nostalgia todos los lugares que fueron mi hogar ahora que ya es muy tarde para tener un barrio.



Les dejo dos canciones. La primera del grupo Desorden Público, que me trae muy buenos recuerdos de ese hermoso país que es Venezuela donde pasé unos de los mejores años de mi vida. Y el segundo video es una de las canciones màs bonitas del mundo del excelente compositor y músico venezolano Simòn Dìaz (verdadero autor de Caballo Viejo)